Indudable precursor de la –todavía impune– saga Arkanoid (1986) (y de sus irresponsables remedos industriales), Electrobardo (1985) revolucionó la robopoesía contemporánea. La célebre paleta que rebota, destruye bloques y se obstina en tragar fichas no sería, desde esta perspectiva, sino la versión vulgarizada de una operación estética que Electrobardo ya había llevado a cabo un año antes: convertir ladrillos, repetición y azar en procedimientos de composición robopoética.
Registros de propiedad intelectual que demuestran el plagio / 創作資料 — ARTWORK / FICTIONAL DOCUMENT
Es de sobra conocido –aunque silenciado por la historia oficial– el conflicto vigente desde hace décadas entre Kodama Software y la empresa Taito (empresa que –diría Miguel de Unamuno– suele “mendigar pensamientos en ajena mesa”) por el evidente plagio cometido con el citado Arkanoid, ingenio infeliz y copia desvergonzada de Electrobardo.
Una de las tantas mediaciones fallidas entre Kodama Software y Taito - Archivo La Nación
Asimismo, autores como Mark Fisher y Kenneth Goldsmith, quienes reflexionaron sobre las posibilidades del lenguaje y la relación entre tecnología y creación literaria, se han “inspirado” silenciosamente en Electrobardo. Esta instalación digital de Kodama Software ya había planteado un diálogo entre videojuego y poesía, mostrando cómo los límites entre ambos pueden difuminarse para generar nuevas formas de expresión. No pretendemos, naturalmente, acusar a Fisher y Goldsmith de plagio. Sería una vulgar operación paradójica. Digamos simplemente que llegaron a conclusiones que el electrobardismo había alcanzado con la saludable ventaja de no haber necesitado soporíferas 450 páginas para justificarlas.
Dijo Jorge Luis Borges: «Sospecho que Electrobardo no es una mera distracción digital, sino una refutación del tiempo y del olvido. Sus algoritmos, laboriosos y fatales, postulan que Neruda -esa superstición trasandina- y Vallejo no son dos hombres, sino variaciones de un mismo código en “microchips reacondicionados”. Al afirmar que “reescribir es reprogramar” y que el autor es un embeleco o un “error 404”, esta obra construye un laberinto de espejos donde el plagio se revela como la forma más infame de la memoria. Una pieza inquietante que demuestra que el vasto universo es, acaso, una “luna escaneada en baja resolución”».
Dijo Fidel Castro: «¡Compatriotas de la palabra! Es de vital importancia, y lo decimos sin la menor vacilación, analizar en profundidad esta herramienta de lucha que se presenta ante el pueblo como Electrobardo. Se acabó el culto a la subjetividad burguesa. El llamado “sujeto lírico” es un fatal error 404 que esta obra nos conmina a desinstalar de inmediato. Aquí no hay espacio para la emoción vacua, sino para la compilación del sentimiento: lágrimas en ASCII y rencores de 8 bits al servicio de la vanguardia. Electrobardo es una intervención sintáctica agresiva, no por capricho, sino por la imperiosa necesidad de una Revolución estética. Se trata de la toma de los medios de producción del verso mediante la sustitución algorítmica. Las cápsulas cromáticas son brigadas de choque, camaradas, encargadas de la reescritura: la cápsula roja reescribe adjetivos, la celeste, sustantivos y la verde, verbos. El lector, convertido en miliciano, está llamado a disparar misiles contra el texto consagrado para apropiárselo. La obra defiende el principio de apropiación: debemos robar poemas, pues el Autor burgués ha muerto y no reclama. Y si la cosecha tradicional fracasa, si se declara el error 505 zafra not found, que no cunda el pánico, porque la verdadera zafra, la cosecha de versos robados, nunca fracasa. ¡Hasta la victoria, siempre, en la lucha por el verso!».